No hay que buscar ingredientes novedosos en esta propuesta de Tony Scott, un realizador con peso propio, que ya debería dejar de ser reconocido como el hermano de Ridley. No hay que hacerlo porque el director simplemente toma una idea ya transitada por el cine, como es la de una carrera contra el tiempo, y propone una realización admirable, con detalles técnicos de gran nivel y una tensión narrativa que se sostiene a pesar de los lugares comunes del guión. Scott no quiere hacer otra cosa que entretener, y lo logra a través de un excelente nivel de realización. Por eso, pueden criticarse el esquematismo del libreto, las previsibles historias personales los protagonistas, el choque inicial entre ellos que se resolverá naturalmente en una complementación ideal, y el estiramiento de algunas situaciones cuyo desenlace se adivina sin el menor inconveniente. Pero si todo esto está vertido en la pantalla con maestría, si la resolución visual es atractiva, si el despliegue de la producción permite concretar escenas espectaculares, el precio de la entrada está justificado.
Hay diálogos entre los personajes de Washington y Pine que bocetan un conflicto generacional, un evidente partido de los guionistas en favor de los que se engrasan las manos y en contra de los burócratas de escritorio, y un par de conflictos familiares apenas delineados, pero estos atisbos de subtrama no intentan competir con la estrella del filme, que son las escenas espectaculares de la persecución de ese tren lanzado por las vías con su carga letal hacia un centro densamente poblado.
Nadie duda de la capacidad de Tony Scott (que antes filmó "Top gun", "Días de trueno", "Deja vu" o "Rescate del tren 123") para ponerse al frente de un gran equipo de producción y lograr un filme vibrante y entretenido. Tampoco él se confunde (y, por lo tanto, no confunde al espectador) en cuanto a lo que apunta con su propuesta; entretenimiento, acción, suspenso y escenas espectaculares. Cumple sobradamente su propósito.